Alberto era un gran pintor egresado de la escuela de artes plásticas, terminó la carrera como el mejor alumno de la promoción, con altas notas y reconocimientos por parte de todos sus profesores, entre sus obras había hermosos paisajes naturales en los que plasmada de una manera asombrosa la belleza del lugar, retratos de personas con una precisión que incluso Da Vinci envidiaría, lo que destacaba cuando de cuadros propios se trataba, que incluso se convirtió en su firma personal era el hecho de que en todos aparecían mujeres muertas de forma sádica, dichas eran mujeres hermosas lo cual resaltaba dentro de sus cuadros. Durante una rueda de prensa un periodista tuvo la osadía de preguntarle el por qué de las mujeres en sus cuadros, a lo que Alberto le contestó.
-Cuando yo era apenas un niño de apenas 11 años de edad, vivía en una gran casa cerca del bosque, cierto día mientras estaba con mi hermana mayor de apenas dieciocho años, irrumpieron en mi hogar cinco personas encapuchadas, mi hermana solo logró meterme a una pequeña alacena que se encontraba debajo de las escaleras principales, ese día todos los domésticos y trabajadores de la casa se encontraban fuera, ya que ese día partiríamos con mi padre y mi madre al campo, a una pequeña cabaña que teníamos cerca de un rio, a mi padre se le hizo tarde en la oficina, y al tomarnos por sorpresa los tipos encapuchados, mi hermana me metió a empujones a la pequeña habitación diciéndome -Esto es solo un juego, para ganar te tienes que quedar aquí dentro hasta que ya no aguantes mas sin importar nada tienes que quedarte aquí-.
Dentro de aquel lugar, imperaba la oscuridad, solo entraba un rayo de luz por una rendija que me permitía ver el vestíbulo.
“Un hombre, al parecer el líder, abofeteó a mi madre y le preguntó que donde estaba lo acordado, mi madre con sollozos solo le decía que no tenía idea de lo que le preguntaba, el sujeto ya harto le dijo
–a ver si esto le regresa la memoria-, prosiguió desnudando a mi hermana mientras otros dos sujetos la sujetaban violando a mi hermana con brutalidad, esta al no poder hacer nada solo le gritaba que parara, que no siguiera, aun recuerdo las palabras exactas que se repetía una y otra vez.
–Esto solo es una pesadilla despertare en cualquier momento, esto solo es una pesadilla…-, mientras uno de los sujetos de una patada sofocó el habla de mi hermana dejando sus pulmones sin aire, el otro tipo le decía
–Calla perra y mejor disfruta del momento-
Mi madre hecha un mar de llanto se desmoronaba y les rogaba dejaran a su hija pues solo era una jovencita que no había hecho nada para hacer eso, el hombre irritado sacó un arma por debajo de su abrigo y disparó sin ton ni son sobre el cuerpo de mi hermana, el cuerpo sin vida cayó al suelo dejando un gran charco de sangre el sujeto se subió el pantalón y le dijo a mi madre,
-Quizá no lo merecían, pero le servirá de escarmiento a tu marido, para que se dé cuenta que nosotros no nos andamos con juegos-
terminando su breve discurso apunto el arma a la frente de mi madre jalo del gatillo y así arranco cruelmente la vida de la mujer más importante para mí.
Solo era un niño y vi frente a mí como violaban a mi hermana y como a ella y a mi madre las asesinaban, ¿Qué podía hacer?, solo salí del lugar en el que me encontraba, me recosté entre los dos cuerpos bañados en sangre y me quede dormido hasta que el sonido del mercedes de mi padre logró despertarme, corrí en dirección a él –Papá papá, mamá y Sofía se han ido-, le grité, mi padre me dijo que me quedara dentro del carro y corriendo entró a la casa, ya no supe que paso ese día, quede profundamente dormido y desperté en casa de unos tíos.
El tiempo transcurrió y yo no supe si todo había sido un sueño o algo parecido, jamás supe de mi padre, entre a la academia de arte a petición de mis tíos, un año antes de terminar la carrera se me comunicó que mi padre se había suicidado dos días después de la matanza en la casa, no le di tanta importancia y continúe centrándome en lo que me gustaba… el arte.
Desde entonces cada vez que pinto algo venido de mi mente tiene que haber siempre una imagen parecida”.
Esa fue la pregunta más personal que se le hizo al joven pintor esa noche, Alberto continuó perturbado por el cuestionamiento del periodista toda la madrugada de ese día y del siguiente, y en la búsqueda de un auto encuentro, llego a la cabaña donde se suponía iría con su familia ese trágico día. Como era común, llevaba un caballete, pinturas al oleo, pinceles y un bastidor, se dedico todo un día y una noche a dibujar.
Terminó su cuadro y se dio cuenta que ese era un cuadro diferente, se encontraba plasmado un paisaje nocturno, una luna llena postrada en lo más alto del oscuro cielo estrellado, con nubes claras y alargadas una que otra tapando la luz que llegaba a la tierra de la luna, estrellas que resaltaban aun con las nubes, un paisaje boscoso con frondosos árboles, un riachuelo al lado de una cabaña, un paisaje sumamente hipnotizante, al verlo con mayor atención se dio cuenta que el paisaje en si era la vista de la casa desde una ángulo que el ya la había visto, pero había un algo que la hacía mágica, y también se encontraba entre los árboles una figura de mujer, a diferencia de todas sus demás pinturas, esta se encontraba viva llena de un resplandor místico y embriagador, una mujer de piel blanca, rubia pero no tan clara, una mujer hermosa a la cual no se le podía ver bien su cara por la lejanía que aparentaba en la pintura, pero algo que destacaba aun con el efecto era la hermosura de sus ojos color avellana. Albertoo al verla supo que era de sus mejores obras, ahora se dirigió a su dormitorio a descansar, dejando la pintura sobre el caballete para que se secasen los oleos.
Pasaron 4 días y un guardia forestal encontró el inerte cuerpo de Alberto en la cabaña, degollado sin ojos y sin lengua, la sangre ya se había secado pero dejo rastros por todos lados de la sádica escena que había ocurrido días atrás, no había arma homicida ni huellas ni rastros de otra persona, ni nada que ayudase a esclarecer el caso del pintor asesinado, lo único que había de evidencia era la pintura que aun se encontraba en el caballete de frente al artista que le había dado vida días atrás, al parecer el cuadro seguía igual, en lugar de la figura de la mujer, se encontraba una mancha blanca como si nadie hubiese pintado nada en ese lugar, no había siquiera rastro de pintura en ese hueco…
21-22 de agosto, 2011 JB
lunes, 22 de agosto de 2011
jueves, 18 de agosto de 2011
sábado, 13 de agosto de 2011
Matadero
El matadero es un lugar, donde se hacen atrocidades con la carne. Se rebana con brutalidad, y se da muerte a muchas almas. El matadero es el terror en sí. Los niños caminan hacia el matadero cuando saben que morirán. El matadero es donde yacen los más terribles miedos, y la muerte misma. El matadero representa el dolor en todo el sentido de la palabra. Es el lugar donde yace el sufrimiento, y la realidad sobrepasa a la pesadilla. El matadero, es el fin de todo lo que conoces. Prepárate para encaminarte hacia el matadero, donde todo culmina.
La noche era oscura y nublada. No se veían ni los astros ni las estrellas. A las afueras del campo, hace un mes aproximadamente, se había alzado un matadero. Pero los desagradables olores que surgían del edificio, pronto comenzaron a molestarle a la gente, quien inició protestas, hasta que el matadero fue cerrado. Y en los meses siguientes, comenzaron a aparecer extrañas historias, de desapariciones de niños dentro del matadero abandonado. Grupos de jóvenes se internaban en el lugar, para quedarse hasta altas horas de la noche, o consumir drogas. Pero no se les volvía a ver más, por lo que la gente comenzó a creer que el lugar estaba maldito. Y ya nadie se atrevía a entrar.
Recuerdo que caminaba por sobre la maleza, en los terrenos donde se ubicaba el matadero, cuando pasamos por el frente, y mi grupo de amigos comenzaron a lanzarle piedras a las ventanas, tirándoles abajo los pocos pedazos de vidrio que les quedaban.
Uno de ellos con piedra en mano, preguntó:
-¿Creen que de verdad el matadero está maldito?
-Pues ha habido desapariciones. Y eso está comprobado. Si no está maldito, algo raro hay allí, respondió alguien. Una nueva piedra destrozó una de las últimas ventanas que quedaban.
-Debe ser un lugar asqueroso… Imagínense, carne descompuesta por todos lugares.
-Pero también es un buen lugar para pasar desapercibido. He oído historias que criminales se han escondido allí.
-¿Pero y de qué sirve si no salen más del lugar?
-Tienes razón.
De pronto, sentí una inmensa sed cuando vi a uno de los de mi grupo extraer una botella de ron de su chaqueta. La destapó, y no tardé en pedirle que me alcanzara la botella, pero cuando hizo esto, alguien lo detuvo.
-Si quieres de esto, deberás hacer algo primero. Debes entrar al matadero.
-Vamos no bromees, tengo bastante sed. Mi garganta está seca –respondí.
-¿Qué sucede? –Me miró burlón- ¿Tienes miedo?
Le dirigí una mirada de odio.
-Sabes muy bien, que no le temo a nada.
-¿Y si es así por qué no quieres ir?
Le arrebaté la botella de un manotazo. Sediento y furioso, la bebí en cuestión de segundos. Arrojé lejos la botella vacía, y me dirigí decidido hasta el edificio, mientras les decía:
-No se atrevan a venir por mí. No le temo al matadero…
Distinguí como murmuraban tras mío. El ron había estado añejo, tal como me gustaba.
El lugar despedía un olor infernal. Me tapé las narices con la muñeca, mientras observaba los alrededores.
La forma en que mis amigos lo habían descrito, no estaba tan lejos de la realidad. Había fétidos pedazos de carne descompuesta, en cantidad, esparcidos por las murallas. Las máquinas para desgarrar las carnes estaban sucias y manchadas en sangre, así como el suelo. Las sierras asesinas estaban detenidas, pero más afiladas que nunca. No había ni la más mínima luz, a excepción de la luz de la luna que entraba por la ventana.
Recorrí el lugar a tientas varios minutos, hasta que en una esquina, distinguí unas velas depositadas en el suelo. Me incliné a recoger una, para iluminar mi camino, cuando distinguí unas cabezas de niños ensartadas en unos afilados palos. A pesar de mi eterna frialdad, no pude evitar sorprenderme. Para una persona normal, aquella imagen habría sido devastadora, le habría generado un trauma de por vida, sin duda. Iluminé los rostros de los niños con las velas. Estaban desfigurados, y la sangre de la herida en sus cuellos, donde el palo penetraba las carnes, estaba seca, como si hubieran sido mutilados hace un buen tiempo. Me alejé, escuchando gemidos y llantos de infantes. Supe de inmediato, que eran los espíritus de los niños que habían sido reducidos a cabezas decapitadas, los cuales sollozaban. Sin embargo, no temía. Recordaba un dicho que solía decir la gente… “Témele más a los vivos que a los muertos” Muy cierto.
Llegué hasta un pasillo en la penumbra. Pero me abrí mi camino iluminando con la llama de la vela. Luego de avanzar varios metros, fueron apareciendo candelabros colgados a los muros, con varias velas sobre ellos. Tras mío, había oscuridad total. Estaba bien internado en el matadero, y si alguien aparecía tras mi espalda, no tenía por donde correr, debido a lo estrecho del pasillo. Pero a medida que continué avanzando, divisé una puerta a mi izquierda, color carmesí. La puerta me llevó a una habitación de aspecto ceremonial. Había un gran candelabro colgando del techo, cortinas sobre las murallas, y distintos cuadros abstractos de aspecto perturbador.
No tardé en percatarme, de que había alguien más allí. En el centro de la habitación, había dos pequeños en estado lamentable, desprovistos de vestimenta, tenían la cabeza calva, y estaban en seria desnutrición, al punto de que se le lograban ver las costillas. Eran pequeños, como de la edad de cinco años, y tenían las manos ensangrentadas, al igual que sus bocas, pues comían un pedazo de carne cruda y ensangrentada del piso. Me acerqué disimuladamente. No se lograban percatar mi presencia, pues estaban ocupados con el trozo de carne. En el muro frente mío, había una especie de ranura. Desde allí, observé a un tipo de cuerpo grueso y bestial, vestido como carnicero, que les arrojaba más pedazos de carne a los pequeños, como si estuviese alimentando a sus mascotas. Los hambrientos pequeños se lanzaban desesperados al trozo de carne, y sus labios se tenían de rojo. Pero quien les arrojaba las carnes, pronto se percató de mi presencia. Su rostro estaba cubierto por una tela negra, y me apuntó con su mano cubierta por un guante manchado en sangre, en forma de amenaza, luego desapareció de la ranura. Me acerqué a uno de los pequeños, y le acaricié la cabeza. Aún así no se percataban de yo estaba ahí, entonces salí de la habitación.
Continué avanzando por el estrecho pasillo, iluminado por los candelabros. El tipo gigante con ropas de carnicero ya había advertido mi presencia, y me imaginé que quizás podría haber más personas en el matadero, pero todo me resultaba muy raro. ¿Qué hacía esa gente allí? Si es que se le podía llamar así. Aquellos dos pequeños que había visto en la habitación anterior, parecían animales maltratados, además de que en su piel se podían distinguir severas heridas, como producidas por algún látigo y torturas. Al final del pasillo, llegué hasta un espacioso cuarto del matadero. El lugar parecía inmenso. Me dirigí a una ventana, y por allí observé los campos, donde se reunía a las reses, que serían ejecutadas. Pero como el lugar había sido cerrado hace meses, esos campos ahora yacían solitarios, bajo la noche. En el cuarto que me encontraba ahora, apareció nuevamente el gigante deforme, tras mío. Sostenía un inmenso garrote con clavos ensangrentados. Diversas manchas de sangre también manchaban su uniforme blancos de carnicero. Su cara estaban desfiguradas, y su piel era similar a la piel de los muertos. Caminó hacía mí con su inmenso cuerpo, y sus ojos no tenían siquiera pupila, pero su rostro llevaban una expresión de infinita furia pero a su vez de alegría como de haberme visto. Divisé una puerta, e ingresé por ella rápidamente, mientras escuchaba su feroz rugido. No tardó en aparecer tras de mí nuevamente, y comencé a correr por mi vida, por diversos pasillos y habitaciones iluminadas por los candelabros y velas, que parecían estar distribuidos a lo largo de todo el matadero. Vi infinidad de niños más, algunos asegurados con gruesas cadenas, alimentándose de trozos de carne podrida, amarillenta. Luego, me encontré sin salida en una habitación. El gigante volvió a aparecer. Había unas tablas cubriendo la muralla, la cual parecía desgastada. De una patada, derribé las tablas junto con la muralla, y surgió un nuevo camino ante mí, y aparecí en una inmensa habitación, con una larga mesa ubicada al centro. Y en los asientos, yacían varias siluetas cubiertas por capuchas rojas, y cuernos que emergían de sus cabezas. Sus rostros eran cráneos de cabras, y sus ojos eran rojos, como la sangre. Llegó hasta mi mente, la imagen de Satanás, el macho cabrío. Apenas estuve frente a ellos, todos me contemplaron. Uno de ellos, que parecía el líder, pues llevaba una capucha y cuernos que destacaban más que los demás, se levantó violentamente, me señaló y exclamó furioso palabras en una lengua desconocida. Ante su orden, todos se abalanzaron contra mí. Y a mis espaldas, apareció otra vez el gigante. Me vi perdido. Me sujetaron, y a la fuerza me condujeron fuera de la habitación. Me condujeron por más pasillos desconocidos, y comenzaba a sentir terror, por primera vez, demostrándome a mí mismo mi naturaleza humana. Por los pasillos que me conducían, sobre las murallas de estos mismos, habían cuerpos de niños sacrificados, desprovistos de su piel, y desfigurados horriblemente. Algunos incluso desmembrados. Sentí pánico cuando oí una sierra emitir su estruendo, y también varios gritos infantiles de dolor. Pensé que había llegado mi hora. Que me habrían de ejecutar, de la peor forma que hubiera podido imaginar. Sin embargo, divisé una ventana que se venía acercando. Cuando pasé por el lado de la ventana, retenido por mis verdugos, sin pensarlo demasiado, rompí los vidrios con mi cabeza, y me lancé fuera, desprendiéndome de los brazos que me sujetaban fuertemente. Vi como el suelo se acercaba a mi rostro, y sentí un tremendo golpe. Después sangre por todos lados, y perdí el conocimiento.
Pero por instinto quizás, desperté justo cuando el gigante venía a buscarme. Me había roto la mandíbula, y me sangraba horriblemente, pero ya me encontraba fuera del matadero, en los campos. Corrí a todo lo que daban mis piernas, el gigante extrajo una escopeta, y me disparó en la pierna. Caí, pero aún así luché por mi vida. Corrí, y corrí, más rápido que nunca, desafiando mi propio cuerpo. Cuando ya no pude más, me detuve, y apenas podía respirar. Miré hacia atrás, y me percaté de que ya nadie me seguía. Pero no descansé ni cinco segundos, y continué avanzando, pues debía resguardar mi vida. Después de mucho escapar, me encontré en el lugar donde había empezado, donde estaban mis amigos. Ya nadie estaba allí, las botellas de alcohol estaban tiradas en el suelo. A lo lejos escuché más escopetazos. El gigante de la escopeta, caminaba amenazante, y apretaba firmemente en su mano, unos cordeles de los cuales colgaban cabezas, que reconocí espantado. Eran las cabezas de mis amigos, y llevaban aún la expresión de agonía. El gigante dio unos cuantos más escopetazos al aire, y me apuntó. Pero corrí con todas las fuerzas que me quedaban, y lo perdí, hasta llegar a la seguridad del pueblo, cuando ya daba el alba, para no volver nunca más a aquellos lugares…
-¡Fin!
-¡Tío, la historia ha estado genial! –exclamó una de mis pequeñas sobrinas deslumbrada.
-Que increíble, la historia es como si fueses tu el protagonista… camisas cojo por tu herida en la pierna…-exclamó la otra.
-Si, y vistes!, Todas las herramientas que tienes en tu cuarto secreto…al que nunca dejas que entremos a jugar…
Suspiro profundamente y le acarició la cabeza a una de ellas.
-He dicho… Que increíble son ustedes... Que increíble son los niños de hoy en día…
Creo que ya saben mucho…
-Y Tío… ¿Qué sucedió con el matadero?
La verdad mis queridas niñas… es que hace tiempo dejo de existir, pero esta noche parece será su nueva apertura…
JB. 12/08/2011
La noche era oscura y nublada. No se veían ni los astros ni las estrellas. A las afueras del campo, hace un mes aproximadamente, se había alzado un matadero. Pero los desagradables olores que surgían del edificio, pronto comenzaron a molestarle a la gente, quien inició protestas, hasta que el matadero fue cerrado. Y en los meses siguientes, comenzaron a aparecer extrañas historias, de desapariciones de niños dentro del matadero abandonado. Grupos de jóvenes se internaban en el lugar, para quedarse hasta altas horas de la noche, o consumir drogas. Pero no se les volvía a ver más, por lo que la gente comenzó a creer que el lugar estaba maldito. Y ya nadie se atrevía a entrar.
Recuerdo que caminaba por sobre la maleza, en los terrenos donde se ubicaba el matadero, cuando pasamos por el frente, y mi grupo de amigos comenzaron a lanzarle piedras a las ventanas, tirándoles abajo los pocos pedazos de vidrio que les quedaban.
Uno de ellos con piedra en mano, preguntó:
-¿Creen que de verdad el matadero está maldito?
-Pues ha habido desapariciones. Y eso está comprobado. Si no está maldito, algo raro hay allí, respondió alguien. Una nueva piedra destrozó una de las últimas ventanas que quedaban.
-Debe ser un lugar asqueroso… Imagínense, carne descompuesta por todos lugares.
-Pero también es un buen lugar para pasar desapercibido. He oído historias que criminales se han escondido allí.
-¿Pero y de qué sirve si no salen más del lugar?
-Tienes razón.
De pronto, sentí una inmensa sed cuando vi a uno de los de mi grupo extraer una botella de ron de su chaqueta. La destapó, y no tardé en pedirle que me alcanzara la botella, pero cuando hizo esto, alguien lo detuvo.
-Si quieres de esto, deberás hacer algo primero. Debes entrar al matadero.
-Vamos no bromees, tengo bastante sed. Mi garganta está seca –respondí.
-¿Qué sucede? –Me miró burlón- ¿Tienes miedo?
Le dirigí una mirada de odio.
-Sabes muy bien, que no le temo a nada.
-¿Y si es así por qué no quieres ir?
Le arrebaté la botella de un manotazo. Sediento y furioso, la bebí en cuestión de segundos. Arrojé lejos la botella vacía, y me dirigí decidido hasta el edificio, mientras les decía:
-No se atrevan a venir por mí. No le temo al matadero…
Distinguí como murmuraban tras mío. El ron había estado añejo, tal como me gustaba.
El lugar despedía un olor infernal. Me tapé las narices con la muñeca, mientras observaba los alrededores.
La forma en que mis amigos lo habían descrito, no estaba tan lejos de la realidad. Había fétidos pedazos de carne descompuesta, en cantidad, esparcidos por las murallas. Las máquinas para desgarrar las carnes estaban sucias y manchadas en sangre, así como el suelo. Las sierras asesinas estaban detenidas, pero más afiladas que nunca. No había ni la más mínima luz, a excepción de la luz de la luna que entraba por la ventana.
Recorrí el lugar a tientas varios minutos, hasta que en una esquina, distinguí unas velas depositadas en el suelo. Me incliné a recoger una, para iluminar mi camino, cuando distinguí unas cabezas de niños ensartadas en unos afilados palos. A pesar de mi eterna frialdad, no pude evitar sorprenderme. Para una persona normal, aquella imagen habría sido devastadora, le habría generado un trauma de por vida, sin duda. Iluminé los rostros de los niños con las velas. Estaban desfigurados, y la sangre de la herida en sus cuellos, donde el palo penetraba las carnes, estaba seca, como si hubieran sido mutilados hace un buen tiempo. Me alejé, escuchando gemidos y llantos de infantes. Supe de inmediato, que eran los espíritus de los niños que habían sido reducidos a cabezas decapitadas, los cuales sollozaban. Sin embargo, no temía. Recordaba un dicho que solía decir la gente… “Témele más a los vivos que a los muertos” Muy cierto.
Llegué hasta un pasillo en la penumbra. Pero me abrí mi camino iluminando con la llama de la vela. Luego de avanzar varios metros, fueron apareciendo candelabros colgados a los muros, con varias velas sobre ellos. Tras mío, había oscuridad total. Estaba bien internado en el matadero, y si alguien aparecía tras mi espalda, no tenía por donde correr, debido a lo estrecho del pasillo. Pero a medida que continué avanzando, divisé una puerta a mi izquierda, color carmesí. La puerta me llevó a una habitación de aspecto ceremonial. Había un gran candelabro colgando del techo, cortinas sobre las murallas, y distintos cuadros abstractos de aspecto perturbador.
No tardé en percatarme, de que había alguien más allí. En el centro de la habitación, había dos pequeños en estado lamentable, desprovistos de vestimenta, tenían la cabeza calva, y estaban en seria desnutrición, al punto de que se le lograban ver las costillas. Eran pequeños, como de la edad de cinco años, y tenían las manos ensangrentadas, al igual que sus bocas, pues comían un pedazo de carne cruda y ensangrentada del piso. Me acerqué disimuladamente. No se lograban percatar mi presencia, pues estaban ocupados con el trozo de carne. En el muro frente mío, había una especie de ranura. Desde allí, observé a un tipo de cuerpo grueso y bestial, vestido como carnicero, que les arrojaba más pedazos de carne a los pequeños, como si estuviese alimentando a sus mascotas. Los hambrientos pequeños se lanzaban desesperados al trozo de carne, y sus labios se tenían de rojo. Pero quien les arrojaba las carnes, pronto se percató de mi presencia. Su rostro estaba cubierto por una tela negra, y me apuntó con su mano cubierta por un guante manchado en sangre, en forma de amenaza, luego desapareció de la ranura. Me acerqué a uno de los pequeños, y le acaricié la cabeza. Aún así no se percataban de yo estaba ahí, entonces salí de la habitación.
Continué avanzando por el estrecho pasillo, iluminado por los candelabros. El tipo gigante con ropas de carnicero ya había advertido mi presencia, y me imaginé que quizás podría haber más personas en el matadero, pero todo me resultaba muy raro. ¿Qué hacía esa gente allí? Si es que se le podía llamar así. Aquellos dos pequeños que había visto en la habitación anterior, parecían animales maltratados, además de que en su piel se podían distinguir severas heridas, como producidas por algún látigo y torturas. Al final del pasillo, llegué hasta un espacioso cuarto del matadero. El lugar parecía inmenso. Me dirigí a una ventana, y por allí observé los campos, donde se reunía a las reses, que serían ejecutadas. Pero como el lugar había sido cerrado hace meses, esos campos ahora yacían solitarios, bajo la noche. En el cuarto que me encontraba ahora, apareció nuevamente el gigante deforme, tras mío. Sostenía un inmenso garrote con clavos ensangrentados. Diversas manchas de sangre también manchaban su uniforme blancos de carnicero. Su cara estaban desfiguradas, y su piel era similar a la piel de los muertos. Caminó hacía mí con su inmenso cuerpo, y sus ojos no tenían siquiera pupila, pero su rostro llevaban una expresión de infinita furia pero a su vez de alegría como de haberme visto. Divisé una puerta, e ingresé por ella rápidamente, mientras escuchaba su feroz rugido. No tardó en aparecer tras de mí nuevamente, y comencé a correr por mi vida, por diversos pasillos y habitaciones iluminadas por los candelabros y velas, que parecían estar distribuidos a lo largo de todo el matadero. Vi infinidad de niños más, algunos asegurados con gruesas cadenas, alimentándose de trozos de carne podrida, amarillenta. Luego, me encontré sin salida en una habitación. El gigante volvió a aparecer. Había unas tablas cubriendo la muralla, la cual parecía desgastada. De una patada, derribé las tablas junto con la muralla, y surgió un nuevo camino ante mí, y aparecí en una inmensa habitación, con una larga mesa ubicada al centro. Y en los asientos, yacían varias siluetas cubiertas por capuchas rojas, y cuernos que emergían de sus cabezas. Sus rostros eran cráneos de cabras, y sus ojos eran rojos, como la sangre. Llegó hasta mi mente, la imagen de Satanás, el macho cabrío. Apenas estuve frente a ellos, todos me contemplaron. Uno de ellos, que parecía el líder, pues llevaba una capucha y cuernos que destacaban más que los demás, se levantó violentamente, me señaló y exclamó furioso palabras en una lengua desconocida. Ante su orden, todos se abalanzaron contra mí. Y a mis espaldas, apareció otra vez el gigante. Me vi perdido. Me sujetaron, y a la fuerza me condujeron fuera de la habitación. Me condujeron por más pasillos desconocidos, y comenzaba a sentir terror, por primera vez, demostrándome a mí mismo mi naturaleza humana. Por los pasillos que me conducían, sobre las murallas de estos mismos, habían cuerpos de niños sacrificados, desprovistos de su piel, y desfigurados horriblemente. Algunos incluso desmembrados. Sentí pánico cuando oí una sierra emitir su estruendo, y también varios gritos infantiles de dolor. Pensé que había llegado mi hora. Que me habrían de ejecutar, de la peor forma que hubiera podido imaginar. Sin embargo, divisé una ventana que se venía acercando. Cuando pasé por el lado de la ventana, retenido por mis verdugos, sin pensarlo demasiado, rompí los vidrios con mi cabeza, y me lancé fuera, desprendiéndome de los brazos que me sujetaban fuertemente. Vi como el suelo se acercaba a mi rostro, y sentí un tremendo golpe. Después sangre por todos lados, y perdí el conocimiento.
Pero por instinto quizás, desperté justo cuando el gigante venía a buscarme. Me había roto la mandíbula, y me sangraba horriblemente, pero ya me encontraba fuera del matadero, en los campos. Corrí a todo lo que daban mis piernas, el gigante extrajo una escopeta, y me disparó en la pierna. Caí, pero aún así luché por mi vida. Corrí, y corrí, más rápido que nunca, desafiando mi propio cuerpo. Cuando ya no pude más, me detuve, y apenas podía respirar. Miré hacia atrás, y me percaté de que ya nadie me seguía. Pero no descansé ni cinco segundos, y continué avanzando, pues debía resguardar mi vida. Después de mucho escapar, me encontré en el lugar donde había empezado, donde estaban mis amigos. Ya nadie estaba allí, las botellas de alcohol estaban tiradas en el suelo. A lo lejos escuché más escopetazos. El gigante de la escopeta, caminaba amenazante, y apretaba firmemente en su mano, unos cordeles de los cuales colgaban cabezas, que reconocí espantado. Eran las cabezas de mis amigos, y llevaban aún la expresión de agonía. El gigante dio unos cuantos más escopetazos al aire, y me apuntó. Pero corrí con todas las fuerzas que me quedaban, y lo perdí, hasta llegar a la seguridad del pueblo, cuando ya daba el alba, para no volver nunca más a aquellos lugares…
-¡Fin!
-¡Tío, la historia ha estado genial! –exclamó una de mis pequeñas sobrinas deslumbrada.
-Que increíble, la historia es como si fueses tu el protagonista… camisas cojo por tu herida en la pierna…-exclamó la otra.
-Si, y vistes!, Todas las herramientas que tienes en tu cuarto secreto…al que nunca dejas que entremos a jugar…
Suspiro profundamente y le acarició la cabeza a una de ellas.
-He dicho… Que increíble son ustedes... Que increíble son los niños de hoy en día…
Creo que ya saben mucho…
-Y Tío… ¿Qué sucedió con el matadero?
La verdad mis queridas niñas… es que hace tiempo dejo de existir, pero esta noche parece será su nueva apertura…
JB. 12/08/2011
viernes, 12 de agosto de 2011
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